|
|
Los capitanes Suburo y Boano,
en los muelles donde hace seis décadas se acumulaba el oro
Foto: Julián
Bongiovanni
|
|
|
En
su libro De Perón a Lanusse. 1943-1973 , Felix Luna citaba
cómo Juan Domingo Perón se había vanagloriado en 1946
afirmando: "No podemos caminar por los pasillos del Banco
Central, tan abarrotados están de lingotes de oro". Como
siempre, consumado artista en el arte de la contradicción, el
mismo caudillo afirmaría años después, ya en el exilio en
Madrid, que "cuando yo me hice cargo del gobierno, encontré
un país endeudado y descapitalizado", como se encarga de
reseñar Hugo Gambini en su pormenorizado libro Historia del
peronismo (1943-1955) . Como siempre, en algún lugar
intermedio entre afirmaciones tan distantes y categóricas, la
verdad se oculta esperando al historiador.
Una
buena pista para acercarnos al tema nos la proporcionan dos
veteranos marinos mercantes argentinos, que en los riesgosos
tiempos de la Segunda Guerra Mundial navegaron desde y hacia los
Estados Unidos por mares escrutados rigurosamente por los
periscopios de los submarinos alemanes, en muchos casos
transportando remesas de oro que nuestro país recibía a cambio
de sus vitales embarques de granos y carnes a los Aliados.
Buena
parte de la conversación con los capitanes Carlos N. Suburo y
Luis Fabián Boano (ambos de más de 80 años) tuvo lugar en la
calidez del comedor del hogar de este último, ubicado en un
tranquilo vecindario de zona norte.
El
primero en hablar es el capitán Suburo. Macizo, de estatura
mediana y bigote recortado, resulta un consumado conversador,
repleto de anécdotas y recuerdos fascinantes que lo llevan por
los distintos mares del mundo. "Los embarques de oro desde
los Estados Unidos hacia nuestro país -recuerda el marino- fueron
numerosos entre 1943 y 1945. Siendo yo segundo oficial del buque
frigorífico Río Luján (el viejo barco francés Katiola),
momentos antes de salir del puerto de Nueva Orleans para Buenos
Aires con carga general, el 7 de diciembre de 1943, alrededor de
las 15 horas local, el capitán del buque, Silvio Leporace, avisó
por vía del primer oficial que la salida quedaba demorada, sin
especificar la causa del retraso. Momentos después apareció
frente al buque un camión pintado de negro con grandes carteles a
sus costados de propaganda de cigarrillos Camel. A continuación,
el acompañante del chofer del vehículo subió al buque para
hablar con el capitán Leporace. Y el chofer procedió a abrir las
puertas de atrás. Del interior del camión bajaron entonces dos
soldados muy bien armados (eran dos gorilas, verdaderos
mastodontes) y comenzaron a descargar 27 cuñetes de unos 70 centímetros
de altura, que fueron embarcados haciéndolos rodar por la
planchada que se encontraba a nivel del muelle y llevados al mismísimo
camarote del capitán, para colocarlos alrededor de una mesa.
Terminado el operativo, el buque inició la maniobra de salida.
Nos enteramos luego de que los cuñetes dejados en el camarote del
capitán contenían oro. `Nunca he tenido tanta plata junta´,
dijo éste. Al llegar a Buenos Aires, el 29 de diciembre de 1943,
los cuñetes fueron desembarcados de inmediato y trasladados al
Banco Central. Fue éste el primer embarque de oro del que tengo
registro, y le sucedieron muchos más".
El puerto dorado
Posteriormente,
Suburo recuerda que ya terminada la guerra, en septiembre de 1946,
embarcó en Nueva York como pasajero en el Río Deseado (tras
haber sido desembarcado allí del Río Juramento por sufrir un
accidente), al mando del capitán Esteban Picchi. El buque salió
para puertos canadienses sobre el río San Lorenzo a buscar
bobinas de papel. Luego, volvió a Nueva York solamente para
cargar cuñetes de oro. Con este cargamento, señala Suburo, llegó
a Buenos Aires el 11 de noviembre de ese año. En ese período de
los últimos años de la guerra y primeros meses de la posguerra,
asegura el marino, prácticamente todos los buques de Flota
Mercante del Estado que recalaron en Nueva Orleans volvieron con
su carga de oro. Claro que las cosas pronto cambiarían.
"Estos
eran los tiempos -recuerda Suburo- en los que Perón declamaba que
no podía caminar por los pasillos del Banco Central por los
lingotes de oro que se habían acumulado allí. Pronto tendría
espacio", bromea.
"Ya
a principios de 1947 -aclara el marino-, mientras esperaba ir a
Sunderland a la construcción del barco Río Chico, me destinaron
a las oficinas de personal embarcado de Flota Mercante del Estado
para diligenciar el traslado en avión a los Estados Unidos de
tres tripulaciones para los buques Victory denominados Río
Aguapey, Río Araza y Río Atuel. El embarque de los tripulantes
sería mediante FAMA (que posteriormente se convertiría en parte
de Aerolíneas Argentinas), que tenía sus oficinas en la calle
Lavalle, entre San Martín y Reconquista. Allí me enteré de que
pese a estar listas para el viaje las tripulaciones mencionadas,
éstas no podían partir porque todos los aviones de FAMA estaban
en ese momento destinados a trasladar cuñetes de oro rumbo a los
Estados Unidos."
Consultado
sobre las causas que llevaron a que el metal precioso abandonara
su domicilio argentino de tiempos de guerra, Suburo contesta:
"No sé la verdadera razón de estos embarques, claro que por
todos lados se oían afirmaciones de que se estaba pagando a los
Estados Unidos por material bélico usado en la Segunda Guerra
Mundial, además de por las compras del famoso IAPI (Instituto
Argentino de Promoción del Intercambio). Entre el material de
rezago que compramos en esos tiempos había unos camiones anfibios
que mucho después pude ver en acción en el lago San Roque
paseando a turistas. También había una enorme partida de
material bélico usado que permaneció encajonado por muchos años
en las cercanías de La Plata."
El
dueño de casa, capitán Luis Fabián Boano, de porte atildado y
notable claridad de conceptos, también recuerda muy precisamente
la época en la que el oro de los Aliados se embarcaba rumbo a
Buenos Aires. "A mí me tocó traer el oro en tiempos de
guerra. Perón no era todavía presidente, pero ya estaba
acumulando poder. El oro lo traíamos en los buques de Flota
Mercante del Estado en unos barriles a los que les llamaban cuñetes.
En el entrepuente de mi barco, el Río Atuel, le habíamos hecho
un recinto de seguridad, un locker . ¡Bah!, seguridad
relativa, para que no estuviera a mano de cualquiera. Los lingotes
los traíamos, básicamente, del puerto de Nueva Orleans. El último
embarque de oro con el que viajé fue en el Río Atuel, en febrero
de 1945. El metal precioso venía a cambio de los cereales,
cueros, metales y minerales que enviábamos a los Aliados."
Sin lugar para más oro
Haciendo
referencia a ese último viaje a bordo del Río Atuel, Boano
agrega: "En esa ocasión trajimos 13 cuñetes de oro (que era
bastante poco en comparación a viajes anteriores). Adentro de los
cuñetes estaban las barras o ladrillos de oro. El monto total del
valor del cargamento no lo conocíamos. Cuando llegamos al puerto
de Buenos Aires no pudimos descargarlo porque no había lugar
donde guardarlo. Nos tuvieron 24 horas ahí amarrados, rodeados
por tropas del Ejército. Estuvimos en guardia todo el día porque
en el Banco Central no había lugar donde ponerlo. Esa noche hubo
siempre una tanqueta del Ejército en la proa y otra en la popa.
No dejaban acercarse ni a una mosca. Tras un día de espera recién
pudimos bajar el oro, siempre con las tanquetas apostadas
alrededor. Mientras tanto, el barco había estado sin operar, no
pudimos descargar, cargar, ni nada."
En
todos esos viajes con tan preciosa carga a bordo, Boano señala
que no hubo el menor inconveniente. "Para nosotros el oro era
como una carga común. A veces no entraban los camiones junto al
muelle en Nueva Orleans, sino que los cuñetes venían
directamente en una carretilla. Nosotros, ya embarcados, los revisábamos
una o dos veces por día, comprobando que los candados de
seguridad estuvieran todos en su lugar. Nunca faltó nada. Claro
que en los barcos argentinos, por entonces, no había problemas de
seguridad, ya que todos los tripulantes eran argentinos o españoles.
Además, cuando en Nueva Orleans los norteamericanos traían el
oro era en el momento mismo de la partida de la nave, y en Buenos
Aires, enseguida de llegar, salvo excepciones como la que mencioné
antes, lo descargaban".
El
mayor riesgo de aquellos viajes, claro, lo constituían los
submarinos alemanes que pululaban cerca de la Costa Este de los
Estados Unidos (el lugar más peligroso para la navegación, en el
que según señala Boano, se veían a veces los mástiles de los
barcos hundidos) y en el Caribe. "En el Caribe, cerca de
Cuba, mientras hacíamos ese transporte, una o dos veces se nos
acercaron submarinos alemanes. Se pegaban a nuestro barco y una
comisión nos abordaba. Siempre alguno de ellos hablaba castellano
y se hacía entender. Nosotros estábamos preocupados por el oro,
pero ellos nos salían pidiendo cigarrillos. Tenían una necesidad
bárbara de cigarrillos, así que les dábamos cajas de cincuenta
atados, y a cambio, ellos nos dejaban cajas de champagne
Pommery".
Para
el capitán Boano, el oro acumulado en tiempos de guerra se fue
del país en los primeros años del gobierno de Perón. "Se
fue a cambio de material de guerra anticuado y en mal estado.
Cerca de La Plata, se veían terrenos inmensos llenos de jeeps y
tanquetas viejas. Yo creo que tuvo que haber una coima inmensa allí,
para comprar toda esa porquería, que además, estaba en malas
condiciones. La mayoría de esos vehículos no funcionaban y había
que arreglarlos", concluye el veterano marino.
Por
supuesto, las opiniones de estos marinos acerca del destino final
de las reservas metálicas acumuladas en tiempos de guerra podrán
ser motivo de múltiples y dispares apreciaciones por parte de
economistas e historiadores. Lo que nadie podrá negar es que con
sus propios ojos de viejos y curtidos zorros de mar vieron los
preciosos cargamentos con los lingotes que, según contaba Perón,
alguna vez impidieron el paso en los pasillos del Banco Central.
Por Ernesto G. Castrillón y Luis Casabal
LA NACION | 06/07/2003 | Página 05 | Enfoques
|