| Buscan revertir la situación Un control ineficaz sobre gastos estatales Demoran años los dictámenes de la Auditoría y del Congreso |
Informes
de auditoría que llegan tarde, a veces con demoras de varios años. Una
burocracia enmarañada, cooptada por vicios partidarios que conspiran
contra un control eficiente. Dictámenes "lavados", sin
conclusiones contundentes. No hace falta sumar más elementos para
concluir que el Congreso no ejerce un control efectivo sobre el Estado,
tal como le exige la Constitución nacional.
Lo
paradójico de este asunto es que los propios encargados de esta función
admiten estas graves falencias, producto de gestiones anteriores.
Los
ejemplos abruman. Sólo por destacar alguno, vale mencionar el caso de
la auditoría realizada sobre el Programa Materno Infantil y Nutrición
(Promin), destinado a asistir a madres y niños de escasos recursos.
Dicho proyecto fue solventado por un crédito de 160 millones otorgado
por el Banco Mundial en 1993. Pero el control arribó cinco años después
y sus conclusiones no fueron nada auspiciosas: reveló que buena parte
de ese dinero se destinó a gastos administrativos, lo que redundó en
una inadecuada provisión de alimentos a los niños.
El
informe, después de tantos años, aún espera dictamen final del
Congreso. Si bien es cierto que el contralor que ejerce el Poder
Legislativo debe ser posterior a la gestión (así lo marca la ley), ¿es
efectivo un control que llega tan tarde?
En
su artículo 85, la Constitución nacional delegó en el Congreso la
responsabilidad del control externo del sector público "en sus
aspectos patrimoniales, económicos, financieros y operativos".
Para esta función, el Poder Legislativo cuenta con la Auditoría
General de la Nación (AGN), un órgano técnico que eleva sus dictámenes
a la Comisión Mixta Revisora de Cuentas, integrada por senadores y
diputados, que definen la suerte de aquellos informes.
Este
fue el esquema que se concibió con la reforma constitucional de 1994 y
que fue promocionado en su momento como el ideal para combatir los
nichos de corrupción, la negligencia y las irregularidades enquistadas
en la administración pública.
Pero
entre lo ideal y la realidad hay, en este caso, un largo, larguísimo,
trecho. Y una historia que entremezcla sospechas de acuerdos poco claros
que se tejen en una suerte de cerrada cofradía, lejos de la luz pública.
Es
que tanto la Auditoría como la Comisión Mixta del Congreso tienen
entre sus manos un poder tal que pocos llegan a dimensionar: son ellos
los que concentran la más variada información contable sobre los
distintos órganos del Estado. La Aduana, los bancos oficiales de la
Nación, la AFIP, los estratégicos entes reguladores de los servicios públicos
-por sólo nombrar algunos organismos de peso en el sector público-,
deben ser sometidos al control legislativo. Aquí se manejan intereses
económicos de magnitud, por lo que los dictámenes de auditoría cobran
especial relevancia.
Pero
cuando los controles llegan "tarde" y surgen informes que no
son demasiado "concluyentes", la desidia y la corrupción
ganan terreno.
"Durante
años, tanto en la Auditoría como en la Comisión Mixta el pacto de
Olivos funcionó a la perfección. Yo no te denuncio a vos, pero me
retribuís con algo. Ese ha sido el mecanismo común durante años",
deslizan a LA NACION, en estricto off the record , empleados de
la Auditoría.
José
Vitar (ARI), miembro de la Comisión Mixta, recuerda que la creación de
la Auditoría fue promovida como un órgano de contralor similar a los
existentes en Europa. "En Inglaterra el lema es: "Por cada
libra esterlina que se gasta en control, el Estado inglés ahorra
cinco". Aquí sucede exactamente al revés", critica.
Computadoras "perdidas"
Para
muestra basta otro botón.
Basta
citar la ejecución del Programa de Reformas e Inversiones en el Sector
Educación (Prise), que se realizó también con un préstamo de
300.000.000 de dólares del Banco Interamericano de Desarrollo (BID),
otorgado en 1994.
El
control de la AGN, otra vez, llega tarde: cinco años después, en 1999.
Entre sus conclusiones -en su mayoría de índole técnica-, dos
resultan por demás llamativas. En primer lugar, que en Buenos Aires,
"de las 5000 computadoras personales y 2500 impresoras adquiridas
en 1997 y entregadas en 1998, se hallaba pendiente de distribución el
18,88% de las PC (944 unidades) y el 60,08% de las impresoras (1502
unidades)".
Además,
se señala que "en algunos casos no se tuvo constancia de recepción
por parte de la escuela de los bienes entregados".
"Más
grave que la corrupción que pueda generarse en el control es la
impunidad -cuestionó un legislador que conoce de cerca el problema-. De
nada valen las auditorías si llegan tarde, y menos aún si las
recomendaciones que se formulan no se cumplen."
No hay seguimiento
Un
encumbrado integrante de la AGN, en diálogo con LA NACION, insistió en
este punto: "Muchas auditorías revelan irregularidades y sugieren
recomendaciones. Pero si no hay un correcto seguimiento del Congreso,
los funcionarios cuestionados se marchan de la función pública sin una
mancha".
Leandro
Despouy (UCR) es el titular de la Auditoría General de la Nación desde
principios de este año. Tal como dispone la Constitución, es el
principal partido de la oposición el que debe encabezar este organismo.
Por su parte, el senador Oscar Lamberto (PJ) asumió la jefatura de la
Comisión Mixta Revisora de Cuentas también este año. Ambos expresan
ante LA NACION su vocación de impulsar un cambio y recuperar -si alguna
vez la tuvo- la función de contralor que debe ejercer el Congreso.
Despouy,
por caso, alienta la inmediata difusión de los informes de auditoría,
para garantizar la transparencia (de lo que se informa aparte). Lamberto
agilizó la aprobación de 300 expedientes atrasados en sólo dos meses.
Pero
la tarea es dura. Tres son los problemas principales por enfrentar:
De la Redacción de LA NACION Los vicios de la política que afectan las auditorías Uno de los problemas crónicos de que adolece el control legislativo sobre el sector público son los vicios partidistas que afectan a los dos órganos de contralor: la Auditoría General de la Nación (AGN) y la Comisión Mixta Revisora de Cuentas. Es cierto que ambas son entidades políticas: la Comisión Mixta está integrada por doce legisladores, mientras que en la AGN las decisiones son tomadas por un colegio de auditores, integrado por siete miembros y su presidente, que pertenece al principal partido de oposición. "Pero una cosa es que ambos sean órganos políticos y otra es que la política degenere en corrupción", confía un empleado de la AGN que aceptó hablar con LA NACION. "En la Auditoría ha habido verdaderas luchas internas sobre la contratación de personal. Hay gerentes que pertenecen a un partido y otros, a otro. Y los sacan y ponen según la conveniencia", reveló. También los informes se han manejado según intereses partidarios. "En la gestión del menemista Rodolfo Barra en la AGN, se demoró años un explosivo informe que acusaba a María Julia Alsogaray por sobreprecios y contrataciones irregularidades en la Secretaría de Recursos Nacionales", añadió. Según supo LA NACION, el informe estuvo a punto de ser enviado, sigilosamente, al archivo, hasta que lo rescató el diputado José Vitar (ARI). LA NACION | 18/08/2002
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